domingo, 19 de junio de 2011

Crónica de una gambeta (revisada)



¿Quién no odia a los domingos? Esos días suelen ser muy tristes. Bah! al menos esa sensación tengo yo. Puedo asegurarles que sufro en demasía las tardes de domingo quizás porque de a ratos la melancolía se adueña de mis pocas ideas. ¡Pienso en cada cosas!... Si es por encontrar respuestas, puedo asegurarles que no doy con una. No obstante, confirmando tal vez la regla, hubo un domingo espectacular en mi vida y se los cuento.
En aquella oportunidad me levanté tipo 12,30 (al mediodía). La resaca comenzaba a hacer de las suyas en mi cabeza. Había salido a parrandear en "Ruta Libre" la noche anterior. El vino en caja era el principal culpable de esos dolores y las 353 vueltas que dí a la pista de baile eran sus cómplices. Comí unas costillas flacas que había en casa y salí con los muchachos a la cancha.
Abrazado a mi bandera azul y blanca entré al estadio liguista y cantando copamos la tribuna local. El Santo de Villa Vivero (Club Atlético Progreso) si ganaba obtenía el título, pero la partida no era sencilla. Del otro lado estaba "el Gaita" (Club Hispano Argentino), el Club acaudalado del lugar, plagado de figuras foráneas.
"Por ahí pienso que todo está escrito. Que Dios o el destino han conspirado contra todos y que nos han ubicado estratégicamente en un lugar determinado para cumplir con cierto plan maléfico;  que todo lo que hacemos está pensado para ser de una manera y no de otra; que el azar es solo el consuelo de los ilusos..." pero bueno, volvamos a la historia.
El reloj marcó las 5:00 y los equipos salieron a la cancha. La franja azul lucía impecable en la casaca de los changos del barrio. El cabezón Torrado llevaba la 9, Pisquira la 7, Tita la 10 y el negro Pistone la 11. Ellos eran los encargados de gestar el juego en el "tira piedra".
Sonó el silbato del "Chiquito Chávez" y la pelota comenzó a rodar. Pronto el partido se nos hizo cuesta arriba: Hispano, pasado los 15 minutos, se puso adelante en el marcador y 10 minutos después aumentó la cuenta. Para el colmo de males, terminando el primer tiempo, el árbitro nos expulsó al "Grande Rodríguez" por un codazo que sólo el "mal intencionado" juez vio.
El panorama en la tribuna no era el mejor. Sin embargo Pasharato y los muchachos se daban maña para ocultar la bronca y cantaban sin cesar. y Así, revoleando los trapos, esperamos el segundo tiempo.
A los 5 minutos de la segunda parte, luego de un corner, el cabezón Torrado, con un frentazo, acortó la distancia. 20 minutos después, con mucha garra y corazón (esto último por sobretodo), el Botella Ruíz, con un remate desde el borde del área, empató el partido.
Faltaban 3 minutos para que el encuentro finalice y en ese mismo instante se paralizó el corazón de muchos en la tribuna. El palo le robó al Gaita la oportunidad de ganar el partido y en pleno contraataque el negro Pistone se adueñó de la pelota. Con el talento de pocos amasó el esférico y cambiándolo de un pies a otro hizo pasar al primer mediocampista que salió a la marca. Comenzó a correr y surcó la linea de cal de la media cancha. En plena improvisación tiró la pelota hacia la izquierda y el segundo jugador de Hispano quedó desparramado por el suelo. Cuando el mal intencionado Nº 2 salió al cruce tiró "un chiche" y lo evadió (a este último y a su patada). Tres pasos lo separaban del área... el 4 del equipo rival desesperado intentó cortar la jugada pero un toque sutil del negro hizo que la pelota se escurriera entre piernas del defensor. Pronto, el 11 del Santo de Villa Vivero tuvo al arquero encima.
En ese momento la jugada tomó para mí un sentido especial. El negro tenía que hacer la lógica, al menos eso esperaba. Para hacer el gol necesitaba tan solo correr un poquito la pelota hacia la derecha y definir al segundo palo. Sin embargo, otra genialidad suya rompió con los esquemas impuestos. Con el pie derecho, elevó la de cuero por encima de la humanidad del arquero quién en un esfuerzo inconmensurable estiró hasta las uñas para evitar que la pelota se le colara. Para nuestra suerte, el negro, que era malo en matemática, midió la distancia y con una precisión enorme se las rebuscó para hacer que los esfuerzos del pobre y humillado portero fueran estériles.
La pelota dio tres o cuatro botes (no lo recuerdo bien) y se metió despacito en el arco. La tribuna se vino abajo en un grito de gol y yo quedé enredado en la tela metálica del lugar. Gritamos el gol pero lloramos mucho más.
Ese día el santo se coronó campeón. Por mi parte, descubrí también otra cosa fundamental. Dios o el destino podrán hacer de las suyas para que todo sea como ellos quieran pero siempre habrá un "Negro Pistone" para pintarles, en una gambeta, la cara.-



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